LOS VENDEDORES DE HUMO, POR UN PUÑADO DE LACRAS
NIPPUR GALASH
En una lejana república, que alguna vez fue llamada el Oasis de Paz, se produjo una gran rebelión de sus habitantes contra los privilegios e injusticia. Sin embargo, las fuerzas del mal, aprovechando la dispersión de las fuerzas que suponían representaban el bien, recuperaron su cuestionado poder y empezaron a utilizar una sutil arma que empezó a modificar las emociones y las ideas de la población, logrando que el mal se asuma como bien e incluso que algunos de los luchadores del bien se hayan pasado al lado de las fuerzas oscuras…
LOS VENDEDORES DE HUMO
Hoy presentamos…
POR UN PUÑADO DE LACRAS
La secretaria dejó unos instantes de teclear el informe. Creyó escuchar relinchos de caballos y gritos en la calle.
-¡Comisario! ¡Lo estamos esperando! -gritó una voz ronca, desde la calle.
Se acercó a la ventana, corrió la cortina y no podía creer lo que estaba viendo. A la orilla de la calle, frente al local distrital, había unos hombres montados a caballo, vestidos de vaqueros y armados. Una verdadera escena de esas películas del lejano oeste.
Fue hacia la oficina del diputado y golpeó suavemente la puerta.
-¡Adelante! -dijo la voz de su jefe.
- -¡Señor! Afuera hay unos hombres que llaman a un tal Comisario.
-¿Qué?
-Si. Están vestidos de vaqueros y están armados.
El diputado dejó de ver short videos en Tik Tok, guardo su teléfono en un cajón del escritorio, metió unos papeles en una carpeta y salió a la calle.
Ahí estaban los hombres montados en sus caballos, parecía una escena de western, tal como le dijera la secretaria.
-Buen día Comisario -lo saludó uno de los jinetes, acercando su caballo hacia donde estaba él, mientras los demás hacían un ademán de saludo, tocándose el sombrero.
-¿Qué es esto? ¿Es una broma o un comercial? Nadie me avisó de que íbamos a comenzar la preparación de la campaña electoral tan pronto.
-Nada de eso -le dijo el hombre que hacía como de líder-. Decidimos acompañarlo en esa lucha que prometió cuando se nombró Comisario para combatir esas lacras asquerosas, lacras inmundas que están destruyendo nuestro pueblo.
- Si. Eso lo dije…
-Comisario: Me llamo Juan Moya Moya, aunque para estos casos soy John Moyein, como me llaman mis amigos. Un Comisario no puede enfrentar solo a los bandidos. Necesita un equipo de ayudantes y aquí venimos a ofrecernos para acompañarlo en esa lucha.
-Entiendo, pero esa es tarea de carabineros, de la PDI de los fiscales, de los jueces.
-Comisario…Aquí estamos los mejores. El de mi lado, el más joven, es Billy el niño, pero el de los jóvenes pistoleros, el de los reguladores. ¿Se acuerda? El de traje negro con cara de ratón es Sábata. El del poncho café es el hombre sin nombre. El de más allá es Ringo, al que llamaban Cara de Ángel. Al final, está el hombre de impermeable azul, Django, el que arrastraba ese ataúd. Estamos listos. Con usted hacemos los siete magníficos. Le trajimos su caballo y sus revólveres.
-¿Esas armas son de verdad? ¿Saben disparar? Se pueden meter en un gran lío.
-Tenemos formación militar y la adquirimos en la lucha contra Pinocho -dijo el que se parecía a Lee Van Cleef, apoyando sus manos en el cuerno de la montura.
-Y las guardamos por si las moscas -dijo el de impermeable azul, mostrando el cañón de la ya clásica ametralladora Gatling.
-Son buenas sus intenciones, pero yo creo que lo de la placa de comisario fue…
-Comisario… Solo no podrá contra ellos -dijo Ringo acercando su caballo-. ¿Quiere vivir la historia de ese comisario al que el pueblo lo dejó solo cuando se iba a casar y venían los bandidos a vengarse? ¿O la del sheriff Duncan, al que el pueblo solo miraba cuando lo mataron a latigazos y después vino desde el más allá a vengarse? Tal vez prefiere una bala por la espalda, por traicionar a las lacras, como en esa película de Un ataúd para el Sheriff.
-Solo tómenos juramentos, pónganos una placa en el pecho como sus ayudantes y nosotros hacemos el resto -dijo John Moyein.
-No puedo es demasiada responsabilidad.
-¡Maldito cobarde! -le gritó Billy desenfundando ambos revólveres -. ¡Vamos muchachos, hagamos humo a este comisario de juguete!
-Todos desenfundaron sus armas y las dirigieron hacia él. Desde el fondo, Django sacó a relucir la ametralladora.
No supo que hacer. Un sudor frío recorrió su espalda. Se quedó allí, inmovilizado, esperando recibir la andanada de balazos.
-¡Cálmate Billy! ¡Cálmense muchachos! -exclamo John Moyein apaciguando a su caballo, que con el ruido de las armas se había inquietado.
-Ya lo vez, John, es un maldito cobarde -replicó Billy enfundando sus armas -. Dijo por la tele que iba a hacer el trabajo sucio de combatir la delincuencia y ahora no se atreve a coger un revolver. ¡Maldito charlatán! Un día se nombra Comisario y al otro, se le olvidan las promesas.
-¡Vámonos! -dijo Ringo -. Está claro. La gente quiere mano dura. Nosotros haremos ese trabajo sucio, que ofreció el Comisario. Haremos que se pudran en la cárcel.
Los demás enfundaron sus armas y cogieron las riendas de sus caballos.
Uno a uno, fueron saliendo del lugar, sin despedirse.
John Moyein fue el último. Lanzó casi a los pies del sorprendido diputado, un cinturón con sendos revólveres, enfundados en unas relucientes cartucheras.
-Bien Comisario. Le dejó estas armas y allí está el caballo que le trajimos. Por si se arrepiente y decide acompañarnos.
-¿Dónde irán?
-Primero, ajustaremos cuenta con los delincuentes de cuello y corbata… ¡Adiós Comisario!
La calle quedó en silencio. Instantes después el ruido de una armónica lo retornó a la realidad.
A unos metros de donde se había quedado mirando la partida de los jinetes, un hombre vestido de vaquero tocaba una melodía que le pareció familiar.
El hombre guardo la armónica en un bolsillo de su camisa. Se dirigió hacia el caballo que esperaba cabizbajo. Lo tiró suavemente de las riendas y se acercó al diputado. Recogió el cinturón, se lo ajustó y luego montó al paciente caballo.
-Un diputado, es un diputado – le dijo con una leve sonrisa. -El pueblo los elije para que hagan buenas leyes, para que mejoren las condiciones de vida de los trabajadores, para que controlen y fiscalicen a los poderosos. No les pagamos siete millones y tanto para que hagan show, vayan a tejer al congreso o hablen tantas estupideces, mientras el pueblo espera que de verdad trabajen por su bienestar.
Y se marchó calle abajo, al lento trote del caballo blanco que le había entregado John Moyein. Fue la última imagen que vio de aquella extraña escena.
-Disculpe señor -dijo la secretaria ingresando a su oficina y entregándole una taza de café humeante.
-¿Qué pasó al final?
-¿De qué?
-Sobre ellos.
-¡Ah!... Si… Vino un señor, que dijo llamarse Juan Moya Moya. Vino acompañado de otras personas y querían su apoyo para un comité de seguridad, porque quieren que los ayude a terminar con la delincuencia en su población.
-¿Y?
-Les dije que usted estaba en una reunión. Que me dejaran su número de teléfono y que usted los llamaría. No les gustó mucho y se fueron muy enojados…
-¡Chuta! -exclamó el diputado, mirando la pequeña placa con forma de estrella que tenía sobre un rincón del escritorio.
-Usted estaba durmiendo. Parece que tenía un mal sueño, porque lo escuché quejarse…Me había dicho que lo despertara con una taza de café, a esta hora. Y eso hice.
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